Cuidado con ese ceño fruncido en la cancha.

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Sin querer queriendo, un día en el que Paul Ekman y Wallace Friesen trabajaban en su investigación sobre las expresiones faciales, hicieron unos de los descubrimientos más significativos entre la relación existente entre la mente, las emociones y los gestos.

En aquella época, ambos investigadores se sentaban uno frente al otro y durante horas dibujan diferentes expresiones para observar que músculos se relacionaban a cada una de estas. Entonces llegó el momento de estudiar la ira y la aflicción, y fue ante estas emociones cuando advirtieron un interesante síntoma:

(…) Pasaron semanas hasta que uno de nosotros admitió por fin que se sentía muy mal después de una sesión en la que nos habíamos pasado todo el día poniendo esas caras…Entonces el otro se dio cuenta que también él se había sentido mal, así que empezamos a prestar atención a esos estados.

¿Había sido todo una casualidad?

En ese momento no lo sabían, pero motivamos por la curiosidad que caracteriza a los científicos, se dispusieron a observar de cerca su sentir en relación a otras emociones:

(…) Hicimos, pongamos por caso, la unidad de acción número uno, es decir, levantar la parte interior de las cejas, y la número 15, bajar las comisuras de los labios…lo que descubrimos es que esa expresión por sí misma basta para crear cambios en el sistema nervioso autónomo. Cuando ocurrió por vez primera, nos quedamos pasmados. No lo esperábamos en lo absoluto. Y nos sucedió a los dos. Nos sentíamos fatal. Lo que estábamos generando era tristeza, angustia.  

La hipótesis tomaba fuerza y era momento de comprobarla:

(…) Reunieron a un grupo de voluntarios y los conectaron a unos monitores que median la frecuencia cardiaca y la temperatura corporal (las señales fisiológicas de tales emociones son la ira, la tristeza y el miedo). A la mitad de los voluntarios se indicó que intentaran recordar y revivir una experiencia especialmente estresante. A la otra mitad sólo se le enseñó a componer en sus caras las expresiones que corresponden a emociones de estrés, como la ira, la tristeza y el miedo. Pues bien, en el segundo grupo, el de las personas que estaban actuando, se observaron las mismas respuestas psicológicas, las mismas frecuencia cardiaca y temperatura corporal altas que en el primer grupo.

Interesante, ¿no es así?

Años más tarde un grupo de psicólogos alemanes comprobaron, con otro experimento, estos resultados que indican que el rostro humano no solo es una extraordinaria fuente de información acerca de nuestro estado emocional interno, sino que también es una especie de regulador de emociones.

En otras palabras, que así como el simple hecho de dibujar (sin necesariamente sentir la emoción) gestos de ira, tristeza o miedo puede hacernos sentir mal, el desdibujarlos (a pesar de que realmente las estemos sintiendo) o mejor aún, sonreír,  puede contribuir a que dejemos ir una emoción que no nos es agradable.

TIP:

Así que ya lo sabes, la próxima que sientas que la molestia o el enojo se hacen presentes en la cancha, la alberca, la pista o el campo, puedes llevar tu atención al rostro y si te das cuenta que este está tenso, dedica un momento para cerrar los ojos, para respirar profundamente y para conscientemente desvanecer las marcas de expresión de tu cara; verás cómo empiezas a sentirte mejor.

José Manuel Guevara S.

Twitter: jmguevaras

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